Se lo que me hace informal, fuera del asalto psicológico este lugar se cae en el paraíso, una pieza de día, una evocación de noche, las huellas se pierden en la perversión del impenitente mortal.
Viviendo en el lomo del libro de recuerdos, saltando miradas que acusan hoy y matarán con un rayo de falsedad, mi última oración no tiene la fe que mañana necesitaré, que hoy no sabré reavivar.
Es de color vivo, no me digas que hacer, sin hablar y con un punto fijo me iré de aquí, viviré lo que me queda en un lago azul, mi color favorito se mezcla en el contorno de tu sangre, de cobre y sal me hieres sin mirar que haces mal.
Un temblor que no sacude, el sol que no quema y la elegancia que no apasiona despierta en una simple lengua, toma los nervios de acero, el universo y las estrellas son ajenas, la pasión ya no mueve caderas.
Dos y tres de la mañana, aún no es tiempo, lo que tengo no me hace menos, no me hace mas, simplemente la elegancia no es el nombre para cuidar mi sombra, toma y gana la calma perdida.
Con tu voz a medio caer por la mañana, las aves están libres, mientras las observo desde mi jaula de papel en una orilla del jardín de concreto, las heridas arden como fuego en mí, como la hiel bajo la mirada afligida.
Sin opinar ni tolerar, la obsesión fue lo que me llevó hasta el punto de no regreso, hasta el fin de mi visión total, es tan obvio, tan deshonesto, como una posesión que me libera de tú destino.
Fue odiar un recurso gris, sin curar el mal una vez mentí, una vez cavé hasta China, sin nadie a quien llorar realmente me sentí lejos de mis afiladas piedras, a nadie culparé, a nadie miraré, no es necesario creer.
No confesaré lo que nunca me llevé, herirte fue la culpa mayor que no lastíma mi interior, con las manos en la espalda y plástico en mi cara agitaré mi mano para decirte adiós, lo que un día fue no lo será mas.
Sin ejércitos me libré, sin caer me recuperé, mi alma no vibra pero la batalla sigue en pie, mi sendero se transforma, cada día es tan largo, tan corto, tan gris, tan vivo, mis dedos dibujan la felicidad que un día se perdió.
Lejos de mi jaula de papel, con los ojos en donde quiero, mi cielo no es tan gris, ya no hay cadenas que fastidien, ya no hay recuerdos que asesinen mi libertad, nadie tortura mi fe.
Daniel Ríos
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